Charyot Sabum nim geh, Kyong ye (español)

Tengo un gran problema en la vida. Siempre me siento demasiado vieja. En Francia, materializamos nuestros temores de fracaso por el miedo a la práctica. ¿Vale la pena poner lanzarse si no vamos a ser un crack? . Bajo fondo de retórica, comencé un nuevo tema: superación de sí mismo, propicio en el extranjero.

Por una linda  mañana de enero austral empujo la puerta de un dojang, toda impregnada de esta timidez que me caracteriza. Taekwondo. Qué idea, comenzar a los 30 años? Si puedo responder a esa pregunta sin problemas, será el tema de otro post.

Empecé diciéndome que practicaré haciendo « la mía », porque mi cuerpo estuvo luchando para negociar sus limitaciones técnicas, convencida de no ser más capaz de mandar correctamente una patada frontal que de transformar aluminio en oro. Saque provecho de todos modos, cada clase era una verdadera catarsis. Pasé tiempo encadenada por mi timidez. Al principio, si me pasaba llegar tarde, daba media vuelta hacia casa por miedo de  llamar la atención. Así que empecé a salir muy temprano de mi casa.

Rápidamente desarrollé una adicción a esa liberación de adrenalina. Tres veces a la semana, me permitía expresar mi cuerpo toda la violencia que absorbe diariamente.

Todavía incómoda, incapaz de hacer cualquier pregunta en clase, me pasé la mayor parte de mi tiempo en busca de toneladas de respuestas en Google. Y así es como aprendí muy rápidamente lo que un Bandae Yop Chagui, un tul, saju jirugui. Arrinconada en mi burbuja, mis compañeros vinieron a mí, me quede sorprendida. Pensaba que no tenía legitimidad para acompañarlos a torneos, me sentí mal por un discurso de nuestro instructor nos responsabilizo a la importancia de subir el animo de los competidores.

Poco a poco, y por primera vez en mi vida, me sentí parte de un equipo. Yo que era « mala » en deportes, y fui totalmente integrada en un grupo. Y sin las zalemas habituales. Este momento de transición era mágico, y fui habitada por una energía loca, que no me dejaba dormir.

Sólo quedaba para mí sólo dos soluciones: o quedarme en la mía, o ponerle dos veces más energía en la práctica. Elegí la segunda. Además de aportarme  como una extensión infinita de conocimiento (que por lo general me lleva al éxtasis) practicando taekwondo despertó combatividad enterrada en mí desde la infancia. La mejor parte es que no creo que hubiera hecho un arte marcial en Francia. Lo que quiero decir es que, además de estar en « venganza por la niñez, » estoy convencida de que puedo hacer lo que me dé la gana , y eso no me deja irme de Argentina.

Además, creo que no he sido tan delgada desde que tenía 23 años …

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